lunes, 30 de enero de 2017

El capullo y la mariposa.


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Un hombre encontró un capullo y lo llevó a su casa, de manera de observar como emergía la mariposa del capullo. Un día algo pequeño apareció, el hombre se sentó y observó por algunas horas como la mariposa luchaba forzando su cuerpo a través de la pequeña abertura del capullo.
Parecía que no había ningún progreso. Era como si la mariposa no podíasalir. Estaba atascada. 
El hombre en su bondad decidió ayudar a la mariposa. Tomó unas tijeras y cortó lo que faltaba para que saliera el pequeño cuerpo de la mariposa. Y así fue, la mariposa salió fácilmente.

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Pero su cuerpo era pequeño y retorcido, y sus alas estaban arrugadas.
 Elhombre continuó observándola en espera de que en cualquier momento lamariposa estirara las alas. Pero nada pasaba. De hecho la mariposa pasó el resto de su vida arrastrándose en su retorcido cuerpo, sin poder volar.
Lo que el hombre no entendió, a pesar de que lo hizo movido por su corazón y urgencia, es que el pequeño capullo y la lucha requerida para salir del pequeño agujero era la manera en que naturaleza  inyectaba fluidos desde su cuerpo hacia las alas, de manera que se fortaleciera, para alistarla para volar y tomar la libertad. 
Libertad y vuelo sólo vendrían después de la lucha.
Privando a la mariposa de la lucha, el hombre la privó de su salud y
libertad.
Algunas veces luchas y aflicciones, son exactamente lo que necesitamos en nuestras vidas. 
Si la Universo  nos permite ir por nuestra vida sin obstáculos podría lisiarnos de por vida. 
No seríamos tan fuertes como lo hemos sido hasta ahora.


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miércoles, 28 de diciembre de 2016

Cuento de año nuevo de Pancho Aquino


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Dicen que cuando se acerca fin de año los ángeles curiosos se sientan al borde de las nubes a escuchar los pedidos que llegan desde la tierra. 

- ¿Qué hay de nuevo? -pregunta un ángel pelirrojo, recién llegado. Lo de siempre: amor, paz, salud, felicidad...- contesta el ángel más viejo. Y bueno, todas esas son cosas muy importantes. 

Lo que pasa es que hace siglos que estoy escuchando los mismos pedidos y aunque el tiempo pasa los hombres no parecen comprender que esas cosas nunca van a llegar desde el cielo, como un regalo. 

¿Y qué podríamos hacer para ayudarlos? - Dice el más joven y entusiasta de los ángeles. ¿Te animarías a bajar con un mensaje y susurrarlo al oído de los que quieran escucharlo? - pregunta el anciano. 

Tras una larga conversación se pusieron de acuerdo y el ángel pelirrojo se deslizó a la tierra convertido en susurro y trabajó duramente mañana, tarde y noche, hasta 1os últimos minutos del último día del año. 

Ya casi se escuchaban las doce campanadas y el ángel viejo esperaba ansioso la llegada de una plegaria renovada. Entonces, luminosa y clara, pudo oír la palabra de un hombre que decía: "Un nuevo año comienza. Entonces, en este mismo instante, empecemos a recrear un mundo distinto, un mundo mejor: sin violencia, sin armas, sin fronteras, con amor, con dignidad; con menos policías y más maestros, con menos cárceles y más escuelas, con menos ricos y menos pobres. 

Unamos nuestras manos y formemos una cadena humana de niños, jóvenes y viejos, hasta sentir que un calor va pasando de un cuerpo a otro, el calor del amor, el calor que tanta falta nos hace. 

Si queremos, podemos conseguirlo, y si no lo hacemos estamos perdidos, porque nadie más que nosotros podrá construir nuestra propia felicidad". 

Desde el borde de una nube, allá en el cielo, dos ángeles cómplices sonreían satisfechos. 

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EL REGALO DE AÑO NUEVO Traducción: Orly Borges



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Dinah es una de las niñas más bondadosas que han existido, pero es muy, muy perezosa. No hay nada que le guste más que acurrucarse en un rincón cálido bajo el sol y no hacer nada.

La mamá de Dinah deseaba mucho que su hija aprendiera a leer, pero la señora que trató de enseñarle pronto se dio por vencida. "No sirve de nada", dijo, "Dinah no va a aprender. No es tonta, pero es demasiado perezosa para cualquier cosa".

Y sucedió que, poco después de esto, un joven de Massachusetts llegó a la casa donde vivía Dinah. Trajo consigo algo que nadie en el barrio había visto antes - un par de patines.

Cuando Dinah vio al joven correr sobre sus patines de un lado al otro de la plaza quedó tan sorprendida que casi no sabía qué pensar. Ella corría tras él como un gato, sus ojos negros brillando como nunca antes habían brillado.

Un día el joven le permitió probar los patines. La niña estaba muy feliz y agradecida. Por supuesto, se caía y revolcaba sobre el piso, pero no le importaba para nada.

"Mira, Dinah", dijo el joven, "Sé que mi tía ha estado tratando de enseñarte a leer".

Dinah respondió que por cierto lo había hecho.

"¿Por qué no has aprendido?" - preguntó el joven. "No tienes que molestarse en responder," dijo él, "era sólo porque eres demasiado perezosa. Ahora bien, si para el primero de enero, tú aprendes a leer, te digo lo que voy a hacer. Te enviaré el mejor par de patines que pueda comprar en Boston".

Qué enormes se abrieron los ojos de Dinah. Por un momento no dijo nada, pero luego exclamó decididamente: "Claro que voy a tener esos patines".

Y así lo hizo. Cuando Dinah se concentraba en su trabajo siempre podía hacerlo bien, no importa lo que fuera.

La señora a quien antes Dinah le había resultado una niña de tan difícil aprendizaje, ahora no tenía problemas. Ante la más mínima señal de pereza, la palabra PATINES era más que suficiente para hacerla concentrar instantáneamente en su lección.

En la mañana de Año Nuevo, ella recibió un caja rotulada en grandes letras de imprenta:



SEÑORITA DINAH MORRIS,
Para entregar a: Sra. Lawrence Delaney,
NEW ORLEANS, LA.


Si ella puede leer lo que está en el exterior de esta caja,
entonces puede quedarse con lo que contiene.


Y como Dinah leyó cada palabra con claridad y rapidez, por supuesto obtuvo los hermosos patines que la caja contenía. Y ahora, sentarse acurrucada al sol sin hacer otra cosa, no es precisamente lo que más le gusta hacer
.

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sábado, 26 de noviembre de 2016

El camello sin cuerda

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Una caravana que iba por el desierto se detuvo cuando empezaba a caer la noche.
Un muchacho, encargado de atar a los camellos, se dirigió al guía y le dijo:
-Señor, tenemos un problema. Hay que atar a veinte camellos y sólo tengo diecinueve cuerdas. ¿Qué hago?
-Bueno -dijo el guía-, en realidad los camellos no son muy lúcidos. Ve donde está el camello sin cuerda y haz como que lo atas. El se va a creer que lo estás atando y se va a quedar quieto.
El muchacho así lo hizo. A la mañana siguiente, cuando la caravana se puso en marcha, todos los camellos avanzaron en fila. Todos menos uno.
-Señor, hay un camello que no sigue a la caravana.
-¿Es el que no atastes ayer porque no tenías soga?
-Sí ¿cómo lo sabe?
-No importa. Ve y haz como que lo desatas, si no va a creer que siguen atado. Y si lo sigue creyendo no caminará.
Este cuento ilustra de que forma los límites no lo impone la realidad, sino nuestras propias creencias. Somo como el camello, atados sin cuerda.

martes, 22 de noviembre de 2016

Te cuento un cuento de Navidad


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Me fascina la época de las fiestas de fin de año,  obviamente sin perder el sentido energético de la Navidad, y la importancia del balance de que siempre estamos dispuestos hacer , más las expectativas para el año próximo, tomando la parte adulta de la cuestión, pero internamente, nunca dejé de creer … incluso hasta me parece que todo se envuelve en un velo mágico.

Creo que lo que más me llama la atención es la mirada de los chicos, reflejo de la credulidad, la esperanza de encontrar en los arbolitos, el regalo traído por Papa Noel . Si, si, me dirán con ojos adultos : “ es todo un comercio”, pero elijo creer , me contagio de esa energía  dejándome llevar por el éxtasis de los brillos, las lucecitas de colores y me sumerjo en un mundo de cuentos fantásticos, duendes y renovada alegría.

Ya divorciada, siempre quise pasar la Navidad con mi hija, y cedía el Año Nuevo al padre, nos invitaron a la casa de unos parientes de mi cuñado a cenar la noche del 24, allá partimos, junto con mi hermana sobrinos y mi madre. Llegamos sobre la hora de preparar  todo y cuando ya estábamos casi todos sentados, viene un sr.  que nos presentaron como el padre del tío de mi cuñado ( ups)  y se sentó en la cabecera de la mesa… mi hija y yo nos miramos inmediatamente, con cara de ohhhh (sorprendidas es poco decir) . Vestido con una camisa y pantalón deportivo, este señor  tenía una barba larguísima casi toda blanca, al igual que su cabello  largo y aspecto bonachón  y panzón.  Pobre, pasamos toda la cena mirándolo.  Casi a las 12 de la noche, lo perdimos de vista.

Ya  puntualmente a la hora de brindar,  comenzamos con el conocido  ritual de todo lo que se hace habitualmente en una  noche navideña, cuando vemos que aparece Papá Noel a brindar con nosotros, con su carácterístico  ho ho ho….  Demás esta decir que  fue totalmente mágico el momento, y ni hablar cuando comenzaron a repartirse los regalos, luego con caramelos en los bolsillos, salió a repartirlo entre los chicos del barrio.

Si bien, mi cara de tonta no se borró un solo momento,  lo maravilloso  fue ver la cara de mi hija, que si bien ya sabía lo que tenía que saber,  tiene un carácter firme y es muy realista … (ojo, no digo más por si hay chiquitos por ahí) , ví en sus ojos  algo difícil de explicar, un nuevo “yo creo”,   en ese  renovado  brillo, de fe, esperanza, me hizo sentir más aún, lo que siempre sostengo “ todo es posible”,. Y sentí la emoción en sus palabras cuando me dijo:  “mamá!!! Cenamos con el verdadero Papá Noel?”

Hace algunos pocos años me enteré que este sr. Falleció, cuando se lo comenté a mi hija ya mayor de edad…no pude evitar una sonrisa melancólica cuando me dijo… “quien mamá? Falleció Papá Noel….?



Gracias una y mil veces gracias a este sr. Que ni siquiera recuerdo el nombre, pero  nos ha hecho el mejor de los regalos…. Una Feliz Navidad!!!!!


Laura Parrinello



miércoles, 9 de noviembre de 2016

Pregúntale a los muertos

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En un amplio patio de la casa más elevada del poblado, descansaba un hombre anciano cuyo rostro se decía que inspiraba una extraña mezcla entre misericordia y firmeza. Era conocido por el nombre de Khalil, y de todos era sabido que de sus palabras parecía brotar un manantial de sabiduría.

Un día de sol, en el que el anciano se hallaba meditando bajo la sombra de una vieja higuera, se presentó ante el umbral de su jardín un joven que dijo:

- “Amigo sabio, ¿puedo pasar?”

- “La puerta está abierta” - respondió Khalil.

El joven, cruzando el umbral y acercándose al anciano, le dijo:

- “Me llamo Maguín y soy artista. Mi trabajo es sincero y pleno de sentimiento, sin embargo tengo un gran problema: me atormentan las críticas que se hacen de mi vida, mi obra y mi persona. Vivo obsesionado por las descalificaciones de los críticos de arte, y por más que trato de que no me afecten, me acaban esclavizando... Sé que eres un hombre sabio y que tu fama de sanador alcanza los horizontes más remotos. Dicen también que tus remedios son extraños, y, sin embargo, no me falta confianza para acudir a ti, a fin de conseguir la paz que tanto necesito en la defensa de mi imagen.”

Khalil, mirando al joven con cierta displicencia, le dijo:

- “Si quieres realmente curarte, vé al cementerio de la ciudad y procede a injuriar, insultar y calumniar a los muertos allí enterrados. Cuando lo hayas realizado, vuelve y relátame lo que allí te haya sucedido.”

Ante esta respuesta, Maguín se sintió claramente esperanzado en la medicina del anciano. Y aunque se hallaba un tanto desconcertado por no entender el porqué de tal remedio, se despidió y salió raudo de aquella casa.

Al día siguiente, se presentó de nuevo ante Khalil.

- “Y bien, ¿fuiste al cementerio?” - le pregunto éste.

- “Sí” - contestó Maguín, en un tono algo decepcionado.

- “Y bien, ¿qué te contestaron los muertos?”

- “Pues en realidad no me contestaron nada, estuve tres horas profiriendo toda clase de críticas e insultos, y en realidad, ni se inmutaron”

El anciano sin variar el tono de su voz le dijo a continuación:

- “Escúchame atentamente. Vas a volver nuevamente al cementerio, pero en esta ocasión vas a dirigirte a los muertos profiriendo todos los elogios, adulaciones y halagos que seas capaz de sentir e imaginar”

La firmeza del sabio eliminó las dudas de la mente del joven artista por lo que despidiéndose, se retiró de inmediato.

Al día siguiente Maguín volvió a presentarse en la casa de anciano...

- “¿Y bien?”

- “Nada” - contestó Maguín en un tono muy abatido y desesperanzado.

- “Durante tres horas ininterrumpidas, he articulado los elogios y elegías más hermosos acerca de sus vidas, y destacado cualidades generosas y benéficas que difícilmente pudieron oír en sus días sobre al tierra, y... ¿qué ha pasado? Nada, no pasó nada. No se inmutaron, ni respondieron. Todo continuó igual a pesar de mi entrega y esfuerzo. Así que... ¿eso es todo?”, preguntó el joven con cierto escepticismo.

- “Sí” - contestó el viejo Khalil.

- “Eso es todo... porque así debes ser tú, Magín: indiferente como un muerto a los insultos y halagos del mundo... porque el que hoy te halaga, mañana te puede insultar, y quien hoy te insulta, mañana te puede halagar. No seas como una hoja a merced del viento de los halagos e insultos. Permanece en tí mismo, más allá de los claros y los oscuros del mundo”

El abuelo y el nieto

Había una vez un pobre muy viejo que no veía apenas, tenía el oído muy torpe y le temblaban las rodillas. Cuando estaba a la mesa, apenas podía sostener su cuchara, dejaba caer la copa en el mantel, y aún algunas veces escapar la baba.

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La mujer de su hijo y su mismo hijo estaban muy disgustados con él, hasta que, por último, le dejaron en un rincón de un cuarto, donde le llevaban su escasa comida en un plato viejo de barro. El anciano lloraba con frecuencia y miraba con tristeza hacia la mesa. Un día se cayó al suelo, y se le rompió la escudilla que apenas podía sostener en sus temblorosas manos. Su nuera le llenó de improperios a los que no se atrevió a responder, y bajó la cabeza suspirando. Le compraron entonces una tarterilla de madera, en la que se le dio de comer de allí en adelante.

Algunos días después, su hijo y su nuera vieron a su niño, que tenía algunos años, muy ocupado en reunir algunos pedazos de madera que había en el suelo.

- "¿Qué haces?", preguntó su padre.

- "Una tartera, contestó, para dar de comer a papá y a mamá cuando sean viejos."

El marido y la mujer se miraron por un momento sin decirse una palabra. Después se echaron a llorar, volvieron a poner al abuelo a la mesa; y comió siempre con ellos, siendo tratado con la mayor amabilidad.

Hermanos Grimm